miércoles, 27 de octubre de 2010

La necesidad de adaptar el Yoga:

La primera vez que la vi en una de mis clases supe que sería un reto. Llegó casi sin poder caminar. Totalmente enlutada. Traía consigo una energía opaca. La tristeza y el sufrimiento de años habían ido arrugando el rostro de aquella mujer dándole un aspecto lúgubre . Tenia unos setenta años, aunque aparentaba bastantes mas. Apenas podía entenderla cuando hablaba, con un hilito de voz que parecía un lamento.
  
Josefa padecía un sin fin de enfermedades. Era diabetica e hipertensa, casi no podía moverse a causa de la artrososis, tenía las rodillas destrozadas. Además padecía del corazón. Ya había sufrido dos infartos, el segundo, aun reciente había sido el mas dañino . Y todo esto quedaba enmarcado en su depresión, que rodeaba cada una de las capas de su ser.

"El medico me dijo que igual me sentaba bien el Yoga. ¿Podría quedarme para ver?"

Dudé. Nunca me había venido nadie en sus condiciones. Como ya estaba allí, me dio pena decirle que no, total, en cuanto viera al grupo practicando posturitas seguro que se le quitaría la idea de la cabeza.

Tuve que ayudarla a sentarse en una silla. Allí permaneció todo el tiempo. Observando con ojos de búho, en un rincón de la sala. No los cerró ni durante la relajación. Cuando finalizamos me acerqué a ella, la levanté con cuidado y la acompañé a la puerta. Iba a despedirme cuando me dijo:

"Dígame cuanto valen las clases y que tengo que traer". Me dejó sorprendida e incrédula.

Reconozco que no tuve fe en la señora. Pensé que vendría un par de veces y que después lo dejaría. Pero todos los días al llegar ella ya estaba allí, apoyada contra la puerta, con su aspecto fantasmal, esperando a que le abriera. Me producía cierto rechazo, era como si transpirase dolor. Yo intentaba no respirar cuando estaba a su lado por miedo a que me contagiase su mal. Al mismo tiempo me daba pena, rezumaba soledad.

Nada mas empezar tenia que ayudarla a acostarse y cinco minutos después a sentarse. Apenas podía girar el cuello, ni abrazar las rodillas en el vientre. No hacía prácticamente nada durante la sesión.

Me pasada las horas pendiente de ayudarla a incorporarse, a colocarse y de que ningún movimiento pudiese dañarla. Para ello tenia que usar un sin fin de complementos como, mantas, cojines y cintas, que yo misma adecuaba a su cuerpo con suavidad. Y todos los dias repetiamos el mismo ritual. Demandaba tanta atención que me desesperaba, relentizaba mis clases. Solia volverme para casa con la sensación de ¿para qué?  Estuvimos trabajando durante meses.

Apareció una tarde con un jersey rosa... 

Estaba rejuvenecida, con el rostro relajado,  "que guapa está usted hoy, ese color la favorece" . Por primera vez la vi sonreír. A partir de entonces no se ponía otra cosa y nada mas llegar me buscaba con la mirada para que le dijera lo bien que la veía.

Lentamente iba recuperando la movilidad. Su cuerpo se estaba volviendo cada vez mas fuerte y elástico. Cada día acercaba un poquito mas la colchoneta a la de sus compañeros e incluso se atrevia a hacer comentarios o a reir sus bromas Poco a poco iba abandonando el nido de su amargura.

Mi fe crecía con su esfuerzo.

Una tarde, después de la relajación inicial les mandé levantarse para hacer unos ejercicios. Por un segundo me despisté de la mujer .Para cuando me quise dar cuenta, y bajo el asombro de todos, ésta ya estaba intentando levantarse por si misma.Su compañera de al lado intentó ayudarla, pero la detuve. Con gran esfuerzo y determinación fue incorporándose. Se puso de rodillas, apoyó un pie en el suelo y después de detenerse unos instantes para concentrar toda su fuerza, se impulsó hacia arriba irguiendose totalmente.

Josefa se levantó sola aquel día y lo hizo el resto de las sesiones.
 
Recuerdo también a un grupo de mujeres de mas de ochenta que conocí en el Centro Cultural De Beade. Cada día las acompañaba su bastón. Hacían casi todos los ejercicios sentadas en una silla o de pie contra la pared.


Especializarme en la tercera edad me ha ayudado a ver la importancia de adaptar el Yoga a cada individuo. No importa que la postura no esté perfecta, tampoco que la espalda no esté totalmente vertical o el poner una manta bajo los hombros para hacer una Asana invertida. Como cada persona es un mundo cada cuerpo también lo es.

Un sistema tan "fantástico" que solo puede llegar a un grupo reducido de personas es imperfecto.

Si me molesta demasiado una postura estaré maltratando mi cuerpo, no podré disfrutar del ejercicio y apenas obtendré resultados positivos.


Cuando uno se siente bien genera endorfínas, hormonas responsables de la felicidad. El cuerpo se distiende y el sistema sanguíneo y linfático funcionan mejor. Si el cuerpo está incomodo y nos sentimos mal, tendemos a tensarnos y a enfermar. Entonces ¿que sentido tiene torturar el cuerpo con posturas imposibles?






     María Jesús Vanetto


Postura "El pez" con una manta bajo la coronilla.
 Indicada especialmente para personas con problemas cervicales

Postura "El libro" con una manta bajo las nalgas.
Eleva ligeramente las caderas aliviando la zona lumbar

Postura "La vela" con una manta bajo los hombros.
Relaja la zona cervical

Postura invertida con las piernas sobre la pared y un cojín bajo las nalgas.
Especialmente indicada para personas con dolor lumbar

Lateralización con una cinta.
Especialmente indicado para personas poco flexibles

Postura "El libro" con una cinta en los pies.
Especialmente indicado en personas poco flexibles.
Postura " El cerrojo" con cojín bajo la rodilla.

 Postura "El embríón" con los puños bajo la frente.
Indicado para personas con hipertensión.



Variante de "El columpio" con un bloque entre los pies.
Relaja la presión en la zona lumbar.