martes, 9 de noviembre de 2010

La historia de "Juan Sin Miedo"


Entró con brusquedad y de forma acelerada, consciente de que llegaba tarde el primer día. No mostraba ningún tipo de equilibrio, se balanceaba al caminar. Era tan rígido y compacto como una bicicleta vieja.

Se dejó caer como si no pesase, soltando un quejido al impactar con el suelo. Y allí se quedó, torcido y en silencio intentando coger el ritmo de sus compañeros.

Hizo los ejercicios con dificultad, esforzándose en exceso. En cada postura le oía respirar entrecortadamente. De vez en cuando me acercaba para decirle que aflojara un poco, que no traspasase el limite de su capacidad. Entonces se relajaba, pero en cuanto me daba la vuelta ya estaba otra vez...

Al finalizar la clase se acercó para presentarse. Su nombre era Juan. A causa de un accidente tenía paralizada la parte izquierda del cuerpo, a demás de tener varias articulaciones inmóviles de la derecha. Algunas vertebras le habían quedado totalmente destrozadas, rotas o giradas y para rematar sufría una hernia lumbar.

Se había anotado a mis clases porque la gimnasia le resultaba demasiado fuerte y alguien le dijo que el Yoga era mas suave. Esto casi me hace reír, sobre todo después de ver como intentaba forzarse una y otra vez.

Como le vi algo perdido intenté explicarle que el Yoga hay que hacerlo despacio, con tranquilidad, sintiendo cada movimiento. “si si, ya se ya se” decía impaciente y sin mirarme, como deseando que dejase de darle la chapa. Recogió sus cosas tan rápido que apenas me dio tiempo a despedirme y allí me quedé yo, con cara de tonta y un par de consejos sin poder malgastar.

Todos los días al llegar se tiraba al suelo y hacía los ejercicios hasta poner un gesto de dolor. Tenía que acercarme muchas veces para corregirle.
Intenté facilitarle la clase, aconsejándole posturas mas sencillas, con el apoyo de una manta y un cojín. Pero no me hacía caso, pretendía hacer los ejercicios igual que el resto. Solo obedecía después de haberle insistido varias veces, para hacerse de nuevo el olvidadizo al día siguiente.

Yo me enfadaba para mis adentros. Tenía miedo de que se lesionara. No conseguía hacerle entender que forzando su cuerpo acabaría lastimándose y que competir hasta ese punto no le daría resultados.

Su mujer, que también era alumna mía, venia muchas veces a verme antes de entrar para pedirme que hiciese algo, que vigilase a su marido y no le permitiese hacer ciertos movimientos. ¡Pobre señora, siempre triste, depresiva y teniendo que preocuparse por un marido con un exceso de Ego!

Él por su parte parecía pensar solamente en si mismo. Yo no entendía por qué se negaba a bajar el ritmo, aunque solo fuese por no ver a su compañera tan disgustada. “calla ya tigresa” le decía y seguía a lo suyo.
Aun encima siempre se estaba riendo y haciendo comentarios burlones en mitad de las clases.

De vez en cuando se hacía daño con algún ejercicio y yo no podía evitar alegrarme. " A ver si de ésta aprende” pensaba...pero nada, en cuanto se sentía mejor volvía a torturarse.

Los días pasaban, mi grado de frustración iba en aumento, no veía mejoría. Solo dolor, tensión y sobre todo ignorancia.

Un día al salir de clase me quedé de charla con una alumna y amiga suya. Empecé a medio quejarme de la actitud que tenía Juan en mis clases. Ella sonreía meneando la cabeza ligeramente. Entonces empezó a contarme sobre el accidente:

Años atrás el hijo pequeño de Juan se había matado en carretera. A penas dio tiempo a que la familia se recuperase del shock. Pocos meses después le tocaba su padre caer con la moto por un puente. Ingresaron al moribundo en el hospital y allí pasó semanas, operación tras operación luchando por sobrevivir.

Salió adelante, para asombro de médicos y familiares. Eso si, marcado por un gran numero de secuelas físicas. La mas grave fue la parálisis del lado izquierdo.

Todo el mundo le decía que no pasaba nada, que lo importante era que seguía con vida, que se conformase, que gracias a Dios podía contarlo. Pero él se negaba a aceptar esa realidad. Hubiese preferido morir a permanecer encamado para siempre.

Pasaban los días y para sorpresa de todos el cuerpo de Juan iba mejorando a pasos de gigante. Parecía que esto abría una puerta al optimismo y a la esperanza.

Le dijeron que quizá podría llegar a caminar con muletas y comenzaron una leve rehabilitación. Tan solo le dejaban usarlas durante las sesiones y bajo la supervisión del medico. El resto del tiempo tenía que pasarlo obligatoriamente en cama, descansando.

A pesar de esto y de los fuertes dolores que sentía era frecuente verle intentando caminar por los pasillos.

Las enfermeras en cuanto lo veían lo mandaban de vuelta a la cama:

“ Juan, tienes terminantemente prohibido caminar por el pasillo. Así no te recuperarás nunca”

Entonces intentaba hacerlo a escondidas por su habitación y cuando le pillaban infraganti él respondía enfadado:

“me dijisteis que no de paseos por el pasillo pero no me habéis dicho nada de la habitación”

Ni el cuerpo dolorido ni los gritos y chantajes de su mujer le detuvieron. Siguió haciendo sus ejercicios día tras día. Cuando no eran las piernas intentaba mover el brazo, o el hombro o la articulación de la muñeca.

Para sorpresa de todos se fue recuperando con bastante rapidez. Consiguió aparcar las muletas en un corto periodo de tiempo y poco después también volvió a mover el brazo y la mano.

Esa noche el aprendizaje me lo llevé yo. Hasta ese momento únicamente me había preocupado de juzgarle. No había caído en que su tozudez era la base de su supervivencia. Había salido a delante a base de fuerza de voluntad. Y viendo el resultado ¿quien era yo para decirle que no se esforzara? Reconozco que me marché para casa avergonzada y dolida por mi ineptitud.

A partir de entonces le dejaba que hiciese las cosas mas “a su manera”. Ahora era yo la que jugaba a hacerse la despistada. Aprendí a verle con admiración. Todo su excesivo esfuerzo cobraba sentido.

Era muy consciente de que sufría cada ejercicio, pero también sabía que ese dolor era mucho menor que su orgullo, y que este era su verdadera pastilla de sanación. 



                                                                                                                               María Jesús Vanetto